Nota: Este artículo fue publicado originalmente en El Semanario, México, 12/08/2011

Las revoluciones de Túnez y Egipto han logrado reabrir la discusión sobre el rol de las redes sociales y provocaron un nuevo discurso sobre la libertad de uso de Internet de la Secretaria Clinton, en el que advierte que las personas, no las tecnologías, cambian a los regímenes; pero que el acceso a éstas últimas debe ser protegido. No obstante, los gobiernos buscan formas de restringir el acceso o usar Internet como arma. A partir de mayo el llamado 15-M español (#spanishrevolution) surge en medio de una Europa sumida en la crisis de deuda y desempleo. Los personajes centrales de estos eventos no son los políticos, son los “nativos digitales” (término de Marc Prensky): jóvenes que han crecido con las redes sociales en línea como realidad cotidiana.

Hay que recordar que en un ya lejano 2009 la llamada “revolución verde” de Irán echó por tierra la tan esperada Revolución-Twitter. Ganaron los que argumentaban que el factor de las redes sociales no era más que un espejismo. Si bien hubo un movimiento real entre tuiteros, este fue de soporte externo y no un fenómeno iraní. El deseo internacional de ver al régimen de Teherán doblegado por blogueros y tuiteros comprometidos fue más fuerte que la realidad.

Regresemos a El Cairo en 2011. El gobierno de Mubarak decide bloquear el acceso a Internet por varios días al inicio de la protesta de la Plaza Tahrir. Esto después de una historia de arrestos de blogueros poco afortunada. Abundan los reportajes de activistas que se organizan en las redes sociales y de los esfuerzos por difundir conversaciones telefónicas por medio de tuiteros en el extranjero. En la prensa se da como un hecho que estamos viviendo la época de los cambios políticos gestados en y por las redes sociales.

En la primavera española el 15-M fue un movimiento iniciado en las redes sociales por jóvenes y llevado a la plaza pública con la toma de la Puerta del Sol de Madrid. Al poco tiempo se les unieron ciudadanos de todas las edades para protestar contra un sistema que sienten es injusto. Los medios masivos tomaron la noticia y dieron al movimiento un espacio dentro de la campaña electoral, que resultó en la derrota del partido gobernante en las elecciones locales. Ha sido sorprendente la capacidad de organización del 15-M, que ha usado las redes sociales como argamasa. Al mismo tiempo, la protesta se ha expandido a otras ciudades españolas y europeas;  hasta el español solitario en la plaza de Omsk en Siberia.

Si bien es cierto que la tecnología en sí misma no es un factor que cambie a las sociedades (Clinton), también lo es que la comunicación digital es poder (Castells). Es poder para mantener el status o bien para cambiar estructuras caducas. Poder para difundir ideas, o para suprimir ideas incómodas. La neutralidad de la tecnología entra en el ámbito de la manipulación política y social. Y de la manipulación surgirá el carácter que a futuro obtengan las redes sociales e Internet.

Cada ciudadano con un teléfono móvil y/o una conexión a Internet es ya un efectivo agente político. ¿Estamos frente a la “wiki-revolución”, el término usado por el Manuel Castells? No me parece que los movimientos sociales sigan la lógica de “parcheo” del wiki, pero si la de la colaboración eficiente, según las posibilidades y situación de cada uno. Las redes sociales hacen posible un sistema político con mejor capacidad de reacción y movilización. La disponibilidad de información en tiempo real permite la valoración autónoma del sentir político, en un sistema que podría describirse como una democracia con feedback.

Aunado a la política instantánea, es evidente que parte de la plaza pública, y del proceso de discusión de los temas políticos y sociales, ha migrado a las redes sociales, en donde grupos minoritarios reclaman liderazgo, y han logrado obtener influencia entre los jóvenes. Aquellos jóvenes apolíticos ahora son los “indignados” ciudadanos de sistemas dominados por gerontocracias que buscan mantener el status. En el mundo árabe el creciente número de jóvenes ya no encuentra oportunidades, y soporta a gobiernos aferrados al poder por tradición o dictado (Egipto). En la sociedad europea el menguante número de jóvenes soporta a una población que envejece, pero que mantiene el poder y los excluye de privilegios (España). Se gesta aquí un modo de participación democrática sin representación y sin intermediación.

Frente al conflicto generacional, las ideas de los nativos digitales fluyen hacia la esfera pública de forma diferente. Ellos no esperan a ser representados por los políticos locales, o a ser instruidos por los medios masivos. Su medio de comunicación, organización y acción política son las redes sociales. Las revoluciones adquieren así ese tinte tecnológico que causa perplejidad. Pero es la incredulidad de la generación en el poder ante el uso de herramientas que apenas empiezan a entender. Los nativos digitales encaran a la generación de la TV y los medios masivos. Los sit-ins, las primaveras, los nuevos Woodstock, son un hashtag.

Jordi Soler, en un perspicaz artículo publicado en El País, habla de “la era del té.” Nos hemos acostumbrado a la sociedad de lo políticamente correcto. La obsesión por el té (la imagen de la salud) es una muestra más de ese tranquilo conformismo. Una generación marcada por la comodidad, se enfrenta a una juventud agresiva, cafeinómana, y que ha reencontrado su poder político en los nuevos medios. No son correctos. Apuestan por hacer caer a la generación del té, e iniciar una era viral de tácticas de guerrilla en la política. Por tanto, el discurso político parece un remedo de la publicidad boca-en-boca, y deviene en un producto de consumo más, que sobrevive en el contagio.

Internet y política es una combinación con repercusiones en muchos ámbitos. Por lo pronto tendrá efectos en cómo entendemos la libertad de expresión: se garantizará esta si una persona puede ser escuchada por millones a costo y esfuerzo casi cero?  También afectará la capacidad de Internet de continuar siendo un espacio abierto e innovador, alejado de la lógica de los medios masivos del siglo XX. Desde la perspectiva actual, cualquier camino es posible. Inicia con las utopías barlowescas de un ciberespacio sin gobierno ni fronteras, hasta las visiones de jardines cercados y patrullados del realista Jonathan Zittrain.

La capacidad hoy para tolerar las anarquías de los nativos digitales definirá las tecnologías sociales que heredemos a las generaciones por venir. En la cumbre denominada “eG8” ya se habló de la necesidad de imponer los controles del estado nacional al Internet. Un intento de ejercer control político sobre el ciberespacio. Este espacio se alejaría de la apertura que ha dado la oportunidad a los nativos digitales de comunicar sus revoluciones y reivindicaciones.  Pero no solo los afectará a ellos, sino a la sociedad civil en general, sin distingo de generaciones.

Copyright Oscar Howell, 2011

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